jueves, 23 de julio de 2009

No es un santo. Silvio Berlusconi excluye su beatificación. Es un común mortal…

Peor es nada. Admitió que no es un santo, a pesar de que haya cumplido milagros uno tras otro, esta ya es una buena noticia. ¿Se estará convirtiendo en un ser común y corriente? Demasiado pronto para decirlo. De momento, la declaración de Silvio Berlusconi ha dejado que la Congregación por las causas de los santos tire un suspiro de alivio,y por lo tanto no procederán a la abertura del fascículo de beatificación.

No es suficiente, pero si hubieramos seguido de ese paso tarde o temprano se habría planteado la cuestión. ¿Acaso no se encontrarían testigos que hayan presenciado a los prodigios del Primer ministro?
La suerte de los italianos está sometida a la merced de los tañidos de las campanas de Palazzo Grazioli y Palazzo Chigi, los lugares en los que se propician los milagros , cumplidos y contados con la frivolidad desencantada de quién nos ha querido convencer que él es el único en detener la verdad.
La confesión de Silvio Berlusconi se llevó a cabo en medio de un discurso dedicado a la crisis,y sorprendió tanto a la platea de los ejecutivos que escuchó atentamente, como al público de televisión y radio.
Sin embargo los medios de comunicación no reaccionaron de la misma forma, de hecho la televisión apenas divulgó el hecho , mientras que los periódicos publicaron en la primera página la declaración del Primer ministro: "no soy un santo." Esta circunstancia es una clara evidencia de la censura de los canales de televisión nacional. Mientras que el Jefe del Gobierno piensa que sea la mejor ocasión para dejar sus declaraciones, pese a su eclipsis total,para la televisión es una noticia que pasa desapercibida.

¿Tal vez son más realistas que el mismo rey?


Quizás. Ellos son los expertos, a lo mejor dan por hecho que sea un evento sin importancia , y por tanto tiene que pasar desapercibida, es decir se supone pero no es seguro. La declaración integral, de hecho es una oración más estilizada: Han entendido "que no soy un santo." Qué es distinto que subirse a la tarima, callar a todos ,comenzar un discurso que exige solemnidad, conceder una pausa de hora y media y al final sacarse la espina: no soy un santo.
Si lo hubiese declarado de esa forma habría despertado la atención, de los presentes en la sala o del público de la televisión, todos habrían reflexionado sobre la noticia. E inevitablemente habría sido tema de conversación entre amigos y parientes. ¿Y entonces? Pues, se habría llegado a la conclusión de que las revistas de corazón tenían razón, y que el Primer ministro está arrepintiéndose. ¿Pero arrepentirse de qué si no confiesas que has cometido errores?
En este caso en cambio nos encontramos ante una circunstancia diferente. Silvio no ha confesado nada, simplemente quiso recordarles a los italianos que es un común mortal, ni más ni menos.
Prueben a hacerse un examen de conciencia, o sencillamente discúlpense con sus parejas por haber cometido alguna travesura recordándoles que ustedes no son unos santos, sólo para redimirse del pecado, de un deseo inconfesable, y de un episodio del que no habrían querido ser protagonistas.
En definitiva a lo mejor los periódicos pusieron mucho énfasis. ¿O a lo mejor no?
La confesión en si es importante, el tono y las circunstancias en la que fue manifestada es una "superestructura." Si alguien les confiesa esta terrible realidad- no soy un santo-seguramente reirían a carcajadas. Si lo confiesa cualquier político o cargo institucional, pasaría por lo alto y levantaríamos los hombros porque la cosa nos tiene sin cuidado, pero si el confieso siempre se ha declarado un padre ejemplar, un marido ejemplar, un Primer Ministro maravilloso, un empresario maravilloso, no les queda más remedio que pararse a pensar en lo que está sucediendo, a no ser que se confiese con una jovial sonrisa.
En resumidas cuentas, Silvio Berlusconi no acudió a misa en la iglesia de Arcore para confesarse con el cura y contarle que tuvo una visión y por consiguiente necesita expiar.
Definitivamente, cada uno cumplió con su deber: los periódicos, la televisión, Berlusconi, sus partidarios y detractores. No ha cambiado nada.

Traducción: Lucy Lombardo www.siciliainformazioni.com

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